01/11/2010

Mejor solo, que solo y mal acompañado.

La sensación de vértigo y de plenitud que se siente encima de esa cascada es comparable con la de una decisión valiente. Saltar o no saltar. Es fácil, y a la vez, jodido. Puedes saltar, acojonarte por el camino, sentir esos dos segundos como los más largos de tu vida. Pero tarde o temprano llegas al agua. O te puedes quedar arriba. Quieto, parado, estático. Pero con la sensación continua de que alguien puede pasar  y, con solo un roce, tirarte de la manera más desafortunada del mundo. Y aunque el terreno esté solo, desierto, siempre puede venir una ráfaga de aire, o un traspiés con los zapatos, o una piedra que no viste en un lugar escondido del camino. Desde luego, saltar es la mejor opción. Porque una vez abajo, podrás disfrutar de cerca del paisaje. Paisaje que, entre otras cosas está desierto, porque nadie es capaz de llegar hasta él. Está empinado, hay escalones, piedras, corrientes de agua, hace frío y está nublado. Pero una vez estás en él sientes la paz que se siente cuando uno consigue algo con gran esfuerzo. Sientes entrar el aire en tus pulmones, la relajación de tus musculos y la satisfacción de llegar donde nadie llega, porque todo el mundo se pierde en el camino, es más facil parar cuando las cosas se ponen feas y volver atrás calentito y con los pies secos. Y tú dices... ¿Disfrutar de esto solo? Y te peleas por encontrar a alguien en cualquier parte, en un claro en el camino, cerca de las fuentes... Pero no aparece nadie. Y maldices el haber llegado hasta ahí para no poder compartirlo con nadie.
Ahora, imagínate de repente este sitio abarrotado de gente. Lleno. Repleto de gente que habla a gritos pero que no se dirige a tí, que corre hacia cualquier lado, que te empuja, que te pisa y que te tapa las vistas. No oyes el caer del agua, ni los pájaros, ni sientes el frescor del ambiente porque hay tanta gente que incluso estando al aire libre el ambiente está viciado. 
Has hecho el esfuerzo de tomar la decisión de saltar desde lo alto de la cascada, pasado el miedo que da el salto, la incertidumbre de si el agua tendrá profundidad, y el frio que se pasa mientras te secas. Lo has pasado todo. Y ahora no disfrutas nada. No lo ves, no lo sientes, no lo hueles.
Y es ahí cuando comprendes que más vale solo, que solo y mal acompañado.

2 comentarios:

Hârum dijo...

Saltar es la única opción a veces. Aunque al final sólo haya agua. Pero quien no salta no sabe lo que hay al final. Y quien no se atreve a seguirnos en el salto, es que se ha quedado allí por algo. Y si hemos saltado, es porque no queríamos estar allí.

cidalf dijo...

tarde mas de dos años años en saltar.. lo atrasé tanto tanto, que cuando lo hice, crei que era tarde, demasiado tarde, pero no lo era... fue un nuevo comienzo.