31 may 2013

El día que me cambió la vida.

El día que me cambió la vida no hubo grandes acontecimientos, ni una gran escena final, ni música apoteósica ni unos largos créditos finales.
El día que me cambió la vida, me tomé un manchao de los míos, me canté un par de canciones, y me fui para mi casa. Eso sí, una jartá de guapa.
Y es que el día que me cambió la vida, no salió ni el sol. Por no tener, no tuve ni la capacidad de decidir si quería que ese día, MI DIA, me cambiase la vida. Siempre he sido así yo... Muy de dejar para mañana. Lo hicieron por mí, me dijeron: -Oye Rocío, que a partir de hoy, nada va a ser lo mismo para ti. Y no caben devoluciones, ni quejas, ni reclamaciones. Y así, sin más, me vi con las maletas de una vida nueva, en la puerta de una casa que no había escogido yo.
Tardé en darme cuenta. Mucho. Pero no tanto como para no poder ver que el día más malo que puedas recordar, el más triste, en el que lo único que falta es la típica chinilla en los botines, puede ser el día que te cambie la vida.

13 may 2013

Y se vuelve a querer de nuevo.

Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer.

Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.
Se deja de querer, y es como un río
cuya corriente fresca ya no calma la sed;
como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.
Se deja de querer, y es como el ciego
que aún dice adiós, llorando, después que pasó el tren;
o como quien despierta recordando un camino,
pero ya sólo sabe que regresó por él.
Se deja de querer como quien deja
de andar por una calle, sin razón, sin saber;
y es hallar un diamante brillando en el rocío,
y que, al recogerlo, se evapore también.
Se deja de querer, y es como un viaje
destinado a la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa,
y que el viento deshoje la flor en el mantel.
Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer, y es como un libro
que, aún abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
y es como la sortija que se quitó del dedo,
y sólo así supimos que se marcó en la piel.
Se deja de querer y no se sabe
por qué se deja de querer...

José Ángel Buesa.