El día que me cambió la vida no hubo grandes acontecimientos, ni una gran escena final, ni música apoteósica ni unos largos créditos finales.
El día que me cambió la vida, me tomé un manchao de los míos, me canté un par de canciones, y me fui para mi casa. Eso sí, una jartá de guapa.
Y es que el día que me cambió la vida, no salió ni el sol. Por no tener, no tuve ni la capacidad de decidir si quería que ese día, MI DIA, me cambiase la vida. Siempre he sido así yo... Muy de dejar para mañana. Lo hicieron por mí, me dijeron: -Oye Rocío, que a partir de hoy, nada va a ser lo mismo para ti. Y no caben devoluciones, ni quejas, ni reclamaciones. Y así, sin más, me vi con las maletas de una vida nueva, en la puerta de una casa que no había escogido yo.
Tardé en darme cuenta. Mucho. Pero no tanto como para no poder ver que el día más malo que puedas recordar, el más triste, en el que lo único que falta es la típica chinilla en los botines, puede ser el día que te cambie la vida.

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