Empecé a escribir en blogs hace como unos quince años. Para, fundamentalmente, contar penas. Para desahogarme, para vomitar la mierda que llevaba dentro. Poco a poco, cuando lo oscuro se me quedó solo en la ropa, pasé a escribir también cuando era extremadamente feliz. Cuando habia algo que me iluminaba, algo que necesitaba escupir para justificar la sonrisa que llevaba puesta en la cara. Y no me arrepiento de ninguna de las palabras que he necesitado dejar aquí o en cualquier otra esquina. Me enternece ver lo cruda que veía una separación con 20 años recién cumplidos o lo muchísimo que me había marcado gente que ahora no está conmigo. Me enternece lo que he sido.
Una se hace mayor, y de vez en cuando, le da por releer historias antiguas, de cuando pipiola. Con casi treinta años me da la nostalgia bien poco, pero de vez en cuando me da.
Hoy, el blue monday que le llaman, me ha dado por darle un repaso al blog y me he chocado de narices con la relatividad de la tristeza. De todas las entradas tristes que he leído, y ojocuidao, que son muchas, solo una me ha arrancado una lagrimita.
Y ninguna tiene que ver con amoríos, con rollete que te larga o el trabajo de lo tuyo que nunca llega.
La relatividad de la vida, que a momentos hace que la vida se te antoje lo mas mierda y al cabo de años te ries de tu propia estupidez, por haber perdido el tiempo llorandole a una vida que tenia más de fugaz que de vida.
Mi pequeña bola de pelo es lo único que ha conseguido emocionarme, de lo demás, me rio.

0 comentarios:
Publicar un comentario